martes, 4 de agosto de 2015

Pensando en el pecado original


Recientemente he encontrado un tema recurrente en las pláticas y consultas con la gente en mi trabajo pastoral. Me lo mencionó un amigo sobre un almuerzo el viernes pasado.  Ayer recibí un mensaje de otra persona que quiere conversar conmigo sobre el mismo tema.  Hace unos días también yo estaba pensando y escribiendo sobre este tema: el pecado original.
En mi experiencia, a pesar de tener un transfondo bíblico-teológico impresionante, la doctrina del pecado original no es algo en que la gente piensa mucho. La excepción viene cuando empieza a estudiar la teología o a revisar documentos como los Artículos de Religión. Entonces hay mil preguntas y reflexiones posibles.  ¿En qué consiste? ¿De dónde viene? ¿Cuál es la extensión de sus efectos? ¿Se elimina con el bautismo?
Hoy no es mi intención responder a todas las preguntas mencionadas. Sólo deseo clarificar la clásica enseñanza anglicana* sobre el tema en cuatro puntos:
1.  El pecado original no trata solamente de seguir el mal ejemplo de Adán y Eva.
2.  El pecado original es una corrupción de la misma naturaleza humana que a todos nos inclina hacia el mal.
3.  Esta inclinación al mal nos lleva directo a la rebeldía contra Dios, pues no podemos no pecar y, por tanto, por nuestra injusticia merecemos el castigo divino.
4. Aunque el pecado original se perdona en los que creen y son bautizados por la gracia de Dios, sus efectos negativos permanecen durante nuestra vida mortal, lo que crea la oposición interior entre nuestro “espíritu” y  nuestra “carne” cuando experimentamos la tentación.  
 
Hieronymous Boesch "el Bosco", Jardín de las delicias, el Museo del Prado, Madrid

 
* El pecado original no consiste (como vanamente propalan los pelagianos) en la imitación de Adán, sino que es la falta y corrupción en la naturaleza de todo hombre que es engendrado naturalmente de la estirpe de Adán; por esto el hombre dista muchísimo de la rectitud original, y es por su misma naturaleza inclinado al mal, de manera que la carne codicia siempre contra el Espíritu y, por lo tanto, el pecado original en toda persona nacida en este mundo merece la ira y la condenación de Dios. Esta infección de la naturaleza permanece aún en los que son regenerados; por lo cual la concupiscencia de la carne, llamada en griego Φρονεμα σαρκος, (que unos interpretan como sabiduría, otros sensualidad, algunos afecto  y otros el deseo de la carne), no está sujeta a la Ley de Dios; y aunque no hay condenación alguna para los que creen y son bautizados, aun así el apóstol confiesa que la concupiscencia y la lujuria tienen en sí misma naturaleza de pecado. (Artículo IX, Del pecado original, LOC pág. 763)

1 comentario: