Durante
una parte de mi adolescencia, escribí poemas. Ahora todos están perdidos, pero
en su momento algunos fueron publicados en revistas literarias locales o
universitarias que, por mi fortuna, ya no existen.
De
todos los poemas que escribí solo hubo uno que quisiera poder leer de nuevo; se
trataba del Adviento. El paisaje de mi tierra natal, la zona de las Apalaches
que se llama “la cresta azul”, me inspiró a pensar en el aquel mundo frío que
esperaba el nacimiento de Cristo y en la expectativa de la venida definitiva
del Señor para traer luz y vida a la humanidad.
El
frío de los primeros días del invierno y la vista de las antiguas montañas que
se tornaban cada tono de azul posible, de celeste a morado, me parecían excelentes íconos del
Adviento. El frío y la oscuridad de los días más cortos dan ocasión a recordar
que el Adviento es una época penitencial. Los azules tan evocativos de las
montañas me marcaron mucho, imprimiéndose en mi imaginación, al tal punto que asocio
esa gama de colores con la preparación espiritual para el nacimiento del Señor.
En
años recientes ha crecido la tendencia de ofrecer oficios religiosos para las
personas afligidas por la tristeza o el duelo durante la época festiva. Es
fácil que se nos olvide que, para muchos, las fiestas de Navidad y del fin de
año no son tan alegres por pérdidas o experiencias del pasado que les impiden
celebrar. Recordemos que también hay muchas personas que sufren por la falta de
luz natural al acercarse a los días más cortos del año, por lo menos para los
que estamos en el hemisferio norte. Llaman a estos oficios servicios de
“Navidad azul” porque dan espacio a la gente para experimentar sus sentimientos
sin juicio o extrañeza. (En el mundo anglófono, se asocia el color azul con la
tristeza.)

Aunque nunca he presidido ninguno
de esos oficios “azules”, me parece que son un buen aporte al pueblo cristiano.
Al expresar nuestra tristeza o dolor, de una manera también confesamos nuestra fe
en aquel que viene para juzgar a los vivos y a los muertos y para traer la
sanación de nuestras dolencias.
Como
me pasó en aquel tiempo de inspiración, siempre tengo con la extraña sensación
de querer más Adviento y de que ojalá durara más esta época de esperanza y
expectativa. Quiero seguir cantando “Oh ven, oh ven Emanuel” y escuchando
la prédica de San Juan Bautista: ¡Arrepiéntanse, raza de víboras! (San Mateo 3:2)
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